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La conversión de Manuel Azaña

20 may

Una de las figuras más representativas del siglo XX en el ámbito político español es Manuel Azaña, presidente del Gobierno, primero, y, después, de la II República.

Manuel AzañaDe él es bien conocida su posición anticlerical durante este periodo. Así, cuando comenzó la quema y saqueo de conventos, iglesias e instituciones religiosas —ya desde mayo de 1931— Manuel Azaña, el entonces ministro de la Guerra, no intentó evitarlo, pronunciando aquellas famosas palabras de «ni todos los conventos de Madrid no valen la vida de un republicano» o su discurso del 14 de octubre de 1931 en el Congreso de los Diputados donde sentenció que «España ha dejado de ser católica». Ya en la propia Constitución de 1931, supervisada por él mismo, se regulaba de manera restrictiva el estatuto jurídico de las confesiones religiosas con la Ley de Confesiones y Asociaciones Religiosas, que trajo como consecuencia la disolución de la Compañía de Jesús en 1932,  a lo que continuó otras situaciones de tensión con la eliminación de las subvenciones al clero, el reconocimiento del matrimonio civil y el divorcio, lo que supuso el descontento de los españoles más conservadores, y de la propia Iglesia católica.

Todo ello llevó a una confrontación política cada vez más creciente, entre otras cuestiones, llegando a su momento más crucial con el asesinato de Calvo Sotelo, líder del bloque conservador, que desencadenó en el estallido de la Guerra Civil. Ya en el último año de guerra, y una vez que el gobierno francés abrió paso a civiles y militares por la frontera de los Pirineos a principios de febrero de 1939, Azaña, su familia y sus colaboradores se dirigieron hacia ella. Perdida ya la guerra se exilió a Francia y renunció a la Presidencia.

En un primer momento, Manuel Azaña y su mujer se trasladan a la zona de Burdeos, pero debido al avance del ejército nazi sobre territorio francés, deciden trasladarse en junio de 1940 a Montauban, al Hotel du Mid, invitado por el embajador de México. En estos momentos, los judíos de esta localidad intentaron en buena medida escapar del lugar; así la Hermana de la Caridad llamada Soeur Ignace tenía intención de ver al embajador mexicano, con el fin de que ayudara a unos judíos a trasladarse a México. Debido a ello, la religiosa siguió yendo al hotel donde se alojaba Azaña y empezó a interesarse por él. «Un buen día apareció —escribe la viuda de Azaña— una monja de Montauban, con la pretensión de que le recibiera». Ella le habló de diversas actividades que se llevaban a cabo en la catedral de la ciudad, y de su gestor, monseñor Théas. Así, un Azaña sin poder salir de su habitación solicitó conocerle y al mismo tiempo pidió a Soeur Ignace, ya desde su primera cita, lo siguiente: «Vuelva a visitarme todos los días».

En unos documentos rescatados por el sacerdote Gabriel M. Verd, se detallan las diversas visitas del obispo a la habitación del hotel donde se hospedaba Manuel Azaña. Así, este comienza diciendo que «el primer encuentro» —el 17 de octubre de 1940—fue muy cordial. Todos los días por la tarde iba a conversar un rato. Hablábamos de la revolución, de los asesinatos, de los incendios de iglesias y conventos. Él me hablaba de la impotencia de un gobernante para contener a las multitudes desenfrenadas».

A lo que el obispo de Montauban,  Pierre-Marie Théas, continua su descripción explicando que «deseando conocer los sentimientos íntimos del enfermo, le presenté un día el Crucifijo. Sus grandes ojos abiertos, enseguida humedecidos por las lágrimas, se fijaron largo rato en Cristo crucificado. Seguidamente lo cogió de mis manos, lo acercó a sus labios, besándolo amorosamente por tres veces y exclamando cada vez: ¡Jesús, piedad y misericordia! Después de errores, olvidos y persecuciones, la fe de su infancia y juventud informaba de nuevo la conducta de los últimos días de su vida».
Durante el exilio, en Burdeos (Francia),  Manuel Azaña pasó sus últimos días rodeado de Soeur Ignace y el monseñor  Pierre-Marie Théas,  obispo de Montauban, quienes le acompañaron en su agonía hasta 3 de noviembre de 1940, día en que finalmente falleció.
El monseñor Théas nos describe los últimos momentos de Manuel Azaña de la siguiente forma: «En la noche del 3 de noviembre, a las 23 horas, la señora de Azaña me mandó llamar. Acudí inmediatamente, y en presencia de sus antiguos colaboradores y de su esposa, administré la Extremaunción y la Indulgencia plenaria al moribundo en plena lucidez».  Y la mujer de Manuel Azaña, Dolores de Rivas, nos lo cuenta desde su propia vivencia de la siguiente forma: «Ya por la noche, viéndole morir, por encargo mío salieron en busca de la monja, y ésta, cumpliendo mis deseos igualmente, vino acompañada del obispo. Minutos después, nuestro enfermo expiraba».

Ésta es la historia de los últimos días de Manuel Azaña, que desde el exilio reconoció una de las labores de la Iglesia, cuidar a los enfermos y prepararlos espiritualmente para el último viaje.  En la vida nunca sabemos quiénes nos van hacer falta en un futuro. De esto Manuel Azaña se dio cuenta durante su agonía.

Manuel Mariscal Zabala

 
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Publicado por en 20/05/2012 en Historia

 

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